Cada 18 de septiembre conmemoramos, en nuestro país, la constitución de la Primera Junta de Gobierno de 1810.
Sin embargo, aquella reunión de connotados vecinos de Santiago, no tuvo el significado histórico que hoy le damos como origen de la Independencia nacional.
Para comprender mejor esa fecha, debemos ir unos años más atrás.
En 1808 Napolén Bonaparte invadió España y tomó cautivo al rey Fernando VII, colocando en su lugar a su hermano José Bonaparte, conocido como “Pepe Botella”. Para resistir a los franceses fue organizada en España una Junta Central con sede en Sevilla, que posteriormente será reemplazada por el “Consejo de Regencia”, que tenía entre sus funciones gobernar a las colonias americanas.
Las primeras noticias llegadas desde la metrópoli fueron de absoluta lealtad hacia al monarca preso, cundiendo la indignación y desprecio a los eventos acontecidos en Europa. Sin embargo, hacia 1809,
comenzaron los cuestionamientos a la legitimidad que tendría un gobierno del pueblo español por sobre las colonias americanas, cuya vinculación territorial era de exclusividad con la persona del rey.
En ese contexto, comenzaron las interpretaciones y tensiones entre los distintos grupos políticos. Por un lado, los realistas o monarquistas, quienes guardaban absoluta fidelidad al rey y las instituciones
españolas en América y condenaban cualquier tipo de gobierno autónomo que se formase. Por otro lado, estaban los moderados, grupo heterogéneo cuyos ideales decantarían en el liderazgo del
proceso revolucionario, pero que a la fecha abogaban por establecer reformas al sistema monárquico, sin pretensiones de establecer un quiebre profundo.
Con el pasar de los meses la tensión fue en aumento. A la fecha ya se había depuesto al Gobernador García Carrasco, producto de su duro actuar ante las intentonas de grupos criollos por establecer su propia junta, en imitación a los hechos de estaban ocurriendo el resto de América. En su reemplazo fue nombrado a los 83 años de edad Mateo de Toro y Zambrano.
Aquello fue una señal inequívoca para el Cabildo de Santiago, cuyas presiones ya eran manifiestas respecto a un pronunciamiento definitivo sobre las cuestiones que cabían al reino. Por consiguiente, el 13 de septiembre, los criollos simplemente actuaron y convocaban a un cabildo abierto para que se decidiera qué hacer. Fecha estipulada: martes 18 de septiembre, a las 9 de la mañana.
Llegada la fecha, cada acto y gesto de esa junta fue estrictamente bien cuidada para entregar señales de absoluta lealtad y fidelidad al rey Fernando VII, como lo reflejan los discursos de José Gregorio
Argomedo, al explicar que los depositarios del poder del rey quedarían en buen resguardo del pueblo “al quedar seguros, defendidos y eternamente fieles vasallos del más adorable monarca, Fernando”.
Avanzada la audiencia, los cabildantes se impacientaron para dilucidar quiénes serían los nuevos representantes, oyéndose el “¡Junta queremos, junta queremos!”, siendo aceptados y proclamados, a:
Mateo de Toro y Zambrano, presidente, representaba al rey; José Antonio Martínez de Aldunate, vicepresidente de la junta, obispo de Santiago, representaba a la Iglesia; Fernando Márquez de la Plata,
Consejo de Indias primer vocal de la junta, representaba a los europeos juntistas; Juan Martínez de Rozas segundo vocal, representaba a la aristocracia de Concepción; Ignacio de la Carrera, tercer vocal, representaba a la aristocracia de Santiago.
En síntesis, el Cabido de Santiago, si bien buscaba un autogobierno, nunca estuvo en espíritu romper relaciones con la corona. Sin perjuicio de aquello, para el historiador Gabriel Cid: “esa primera generación perseguía reformas dentro del marco de la Monarquía, con la cual no se deseaba romper en un primer momento”, cuestión que más adelante si ocurrirá, con la afirmación de un proyecto propio de país y el inicio de la guerra por la independencia que tendrá su fin en 1818.














